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 LOS TEMPLARIOS  Parte I

 

"La expedición de los peregrinos transitaba por el Reino de Navarra a la conquistada meta de Santiago de Compostela. Eran muchos los días que el grupo salido de la Champagne francesa había empleado para llegar a estos parajes, y lógicamente tanto los caballeros como sus animales estaban cansados.

 

Jean de Lorena acompañaba a su amo Philippe, el Templario de capa blanca y malla férrea que rodeaba su cuerpo fuerte y curtido a base de batallas en tierras palestinas.

 

La noche la habían pasado en la hospedería que se ubicaba contigua a la iglesia templara del "Santo Sepulcro" de la ruta del Reino de Navarra, más allá de las tierras de Estella.

 

Fue a primeras horas de la mañana siguiente cuando Jean comentaba a uno de los escuderos de la expedición, el sueño que había tenido la noche anterior. En dicho sueño vio la parte alta de un castillo y en la cúspide de una de las naves principales se formaron tres rombos de los cuales aparecieron tres símbolos: en el primero, un corazón de color púrpura; en el segundo, dos árboles -que según le parecieron habrían de ser olivos- y en el tercero, una cruz a semejanza de las que los Templarios viajeros y peregrinos llevaban en sus monturas y capas.

 

Precisamente el Jefe de la Encomienda de Estella había ido a despedir a los Caballeros en esa jornada y no pudo evitar escuchar parte de la conversación entre ellos. Enseguida interrogó a Jean de Lorena sobre su visión:

 

-¿Cuándo has visto esos símbolos, hermano?

-Esta noche, mi Señor.

 

El Principal de los Templarios se quedó un poco extrañado pensando cómo aquel joven había podido acceder a los pergaminos y órdenes que hacía poco habían sido enviados del Capítulo General de Paris. En dichos pergaminos secretos aparecían justamente los signos que Jean había visto en sueños, y era absolutamente imposible que hubiera podido acceder a la caja de roble sellada donde se guardaban en la Encomienda de la ciudad.

 

-Hermano, esos símbolos son muy importantes y desde ahora debes prestarte a informar al Capítulo General de la Orden, pues el cielo te ha designado milagrosamente al efecto.

 

Jean se quedó maravillado de que un simple sueño pudiese tener tanta trascendencia y tan sólo se limitó a encogerse de hombros y asentir con la cabeza.

 

Dos caballeros templarios durante una cruzadaEl Principal y Jean se acercaron a Philippe y le pidieron permiso para que el sirviente fuera relevado de sus obligaciones. Le asignaron en compensación otro hombre que haría las tareas hasta Santiago y su regreso.

 

Después, Jean fue alojado en la casa del Principal y estuvo allí escasamente un día, tiempo imprescindible para ser vestido adecuadamente y prepararse para el viaje de regreso a la Francia de la que había partido. El Principal preparó una carta manuscrita y lacrada para el Intermediario de la Encomienda de la Champagne, y se la dio para que la custodiara como si de su propia vida se tratara. A continuación le introdujo en un subterráneo y traspasando una puerta maciza de roble le mostró el cofre que contenía un papiro enviado por la Casa Principal de Paris donde se encontraban a su vez los tres rombos que él había soñado. No contenía el papel nada más que los tres rombos, ninguna otra inscripción o contraseña. Nada explicaron a Jean sino que por todo razonamiento se vio zarandeado en el mar de la confusión.

 

Montando en su caballo fue acompañado por dos caballeros y tres escuderos a la frontera del Reino de Navarra por el lado de Francia, puesto que en 1307, año en el que nos encontramos, dichas fronteras no tenían las mismas formas y extensiones que tienen ahora. Una vez en la frontera, fue trasladado a otra escolta que sin dilación le volvió a llevar hasta el castillo de Arginy, en la Campagne francesa.

 

Jean conocía muy bien su propia región natal y todo lo del Temple le era familiar, primero por pertenecer a uno de los gremios que se afincaban frente al castillo y segundo por sus servicios directos al Caballero Philippe que le habían ocupado sus 33 años que son los que tenía ahora. De la Orden siempre le habían seducido los secretos que eran atesorados por los Principales y que celosamente guardaban en su interior. Conocer aquella sabiduría era toda una proeza, máxime cuando poderosos y nobles -incluso el propio Rey de Francia Felipe IV "El Hermoso"- había querido integrarse en la Orden sin éxito puesto que su solicitud había sido denegada. Aquella negativa al máximo exponente del poder había creado alrededor del Temple toda una seducción que hacía a los buscadores del espíritu intentar el acceso en la misma.

 

Venían de los lugares más lejanos para entrar en las filas templarias y se ofrecían para los trabajos más modestos con tal de entrar un día en los primeros puestos como caballeros de prestigio y tener la gloria de vestir la capa blanca con la cruz que ondeaban orgullosos en los combates de las Cruzadas por tierras infieles.

 

Todo aventurero debía perfilar su espíritu para servir en el ejército de Dios enrolado en el Temple. No existía por aquel entonces galardón más preciado que dicho servicio, y por tanto toda Europa contemplaba a aquellos seres altivos y aristocráticos como la salvaguarda de los valores de la virtud y del heroísmo.

 

Decía que Jean fue introducido en el Castillo de Arginy pero esta vez no en el patio principal, como otras veces, sino que custodiado por sendos Caballeros Templarios, fue escoltado por diversos parajes hasta una puerta con acceso subterráneo por la que fue introducido, quedándose los dos acompañantes de guardia. Bajó tres escalones y a la luz de unos cirios encendidos se enfrentó a la visión de una enorme mesa redonda con nueve sillas vacías rodeándola, en cuyo centro estaba pintado un Sol. Al poco rato, de una estancia contigua pasó un hombre vestido con túnica de saco, capuchón y un cordón de cáñamo atado a su cintura. Tomó asiento en el centro de dicha mesa e invitó a Jean a que hiciera lo mismo frente a él. El hombre vestido de saco tomó la palabra:

 

-Hermano querido, bienvenido al corazón del templo de nuestra Orden. He leído la carta del Principal de Navarra por la cual me anuncia la visión de los símbolos iniciáticos que te han sido revelados. Sólo ocho hermanos incluido el Gran Maestre, Jacques de Molay, conocen su significado. Faltaba sólo una persona para que fueran nueve los que interpretaran el misterio. Este compromiso ha recaído en ti, debes sentirte privilegiado, por tanto, pues es el mayor honor que te corresponde como hombre y como servidor.

 

-Poco entiendo, mi Señor, de cuanto me cuentas, pues desde hace varias jornadas soy transportado de paraje en paraje como si fuera una doncella sin saber que un simple sueño tuviera tanta importancia.

 

-Querido hermano, no somos lo que creemos ser ni sabemos lo que ahora recordamos. Somos lo que el espíritu nos revela a cada instante del pozo del conocimiento que cada ser contiene y que llena a lo largo de sus vidas por la experimentación.

 

Los cirios encendidos en nueve puntos de la estancia circular parpadeaban sigilosamente haciendo extrañas sombras en la atmósfera casi azulada de aquel bajo del castillo. A la vez, un extraño perfume indescriptible, como si de incienso se tratara, parecía inundar el lugar impregnando cada átomo de la presencia vital de la habitación. El Caballero prosiguió:

 

-La silla que tú ahora ocupas fue a su vez ocupada hace muchos años por uno de los fundadores de nuestra Orden llamado Bernardo de Claraval -San Bernardo- y estas otras sillas vacías son a su vez las de los nueve compañeros que fundaron "La Milicia de los Pobres Soldados de Cristo" y que como bien sabes fueron: Hugo de Payns, Hugo de Champagne, Andrés de Montbard, Geofrey de Saint-Omer, Andrés de Gondemare, Roffal, Payen de Montdiei, Goefrroy Bissor y Archambault de Saint-Aignan.

 

Todos estos Caballeros recibieron el conocimiento iniciático en el Templo de Salomón que nuestros cruzados tratan de preservar para el pueblo cristiano y que a su vez los musulmanes desean para ellos.

 

El Temple desea conseguir la Sinarquía de todos los pueblos; es decir el gobierno con Dios de un solo pueblo sin fronteras, sin ritos y sin separaciones culturales y doctrinales. Nuestra misión inmediata puede parecer la guerra pero nuestra contienda está dirigida a la justicia de cada hombre con independencia de su credo o filosofía particular. Combatimos la injusticia o los intereses particulares, pero deseamos ardientemente la paz del cuerpo y del espíritu.

 

Un Caballero es ante todo un servidor de los valores de la Orden bajo la obediencia, la castidad, la pobreza, y tenemos como meta fundamental el conquistar esta Sinarquía que propicie el Reino de Dios sobre la Tierra bajo un solo principio universal. El Sol que ves en el centro de la mesa es el exponente de esa unidad.

 

Jean interrumpió:

 

-¡Pero adorar al Sol es idolatría!

 

-Todos los pueblos de la Tierra han adorado al Sol, y los cristianos asimismo llamamos a Jesús "el Verbo Solar Cristo" o máxima expresión de la luz. ¿No dijo el Maestro "Yo soy la luz del mundo"?

 

-Sí, pero era una alegoría.

 

-¿Cuál es la luz del mundo, entonces?

 

-Ciertamente el Sol...

 

-Nada podría vivir sin el Sol, y es más legítimo adorar a un Dios que nos da vida y calor que a las imágenes frías que cuelgan de los templos. En el Sol hay tres niveles básicos: el físico, el psíquico y el espiritual. Igualmente en el sello de nuestra Orden existe expresada esa trinidad: los dos caballeros sobre un solo caballo. Quiere esto representar que sobre el cuerpo, que es el caballo, cabalgan el alma y el espíritu, que son los Caballeros. Tal y como refleja la Escritura, nosotros los hombres somos Dioses al igual que el Padre. Es por esto que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es una trinidad perfecta en el hombre y sobre esta trinidad se asienta todo el orbe católico y las otras religiones.

 

-Pero, ¿cómo me contáis todo esto a mí? Yo soy cristiano y aunque a duras penas puedo entender, no imaginaba que el Temple tuviera esa doctrina, ¿no tenéis miedo que os acusen de herejía?

 

-Sabemos a quién y cómo decimos las cosas, y no tenemos miedo de ti pues has sido señalado por el espíritu. A nadie se le puede revelar cuanto se te ha revelado a ti pues el dictado viene de arriba. Si has sido señalado para esta misión es por tu preparación.

 

Ya vendrá quien nos traicione y nos acuse de herejía desde su ignorancia.

-Pero, yo no estoy preparado, me siento totalmente abrumado con lo que me dices.

 

-Aún te sentirás más, pero como te he dicho antes, no somos lo que creemos ser sino lo que el espíritu nos revela a cada instante.

 

El Caballero prosiguió charlando a la vez que sus ojos penetraban a Jean:

-Nuestra Orden es la bien llamada "del Templo", pero no por adorar las imágenes externas sino por crear en nosotros el verdadero interior donde mora el espíritu. Fue dicho por el Maestro que derribaría el templo y lo edificaría en tres días, aludiendo a su propia persona en su muerte y resurrección.

 

Cada Caballero Templario es un combatiente de sí mismo pues la batalla más dura del hombre es la que emprende consigo para vencerse en las inercias, imperfecciones y vicios. Esta contienda dura toda la vida.

 

La mente de Jean se llenaba de contradicciones. El hombre de hábito decía muchas cosas y la evidencia de la vida de la Orden era otra. A este respecto todo el mundo conocía que los Templarios habían plagado Europa de construcciones. ¿Cómo podía por tanto contradecirse tan abiertamente?

 

-Sé lo que estás pensando, Jean, pero olvidas en tus reflexiones que nuestra idea fundamental es la Sinarquía y no la selección de unos pocos. Si quisiéramos la selección lucharíamos para dictar un único modelo, pero no conseguiríamos más que esclavos sometidos a algo que no digieren. La Sinarquía se debe realizar sin enfrentamiento, poco a poco, haciendo que a través de la madurez el hombre termine por comprender.

 

La gran masa de cristianos necesita todavía del "templo de piedra" y debemos fabricarlo para ellos. De esta manera respondemos a las exigencias físicas de la Orden. Otro grupo desea los aspectos psíquicos y por tanto le introducimos en el voto y el juramento a los valores morales; y por último, los menos penetran en el verdadero templo espiritual y allí permanecen no enfrentando al hombre sino tutelando su crecimiento y su desarrollo armónico. Los templos a los que tú te refieres no son, como los hombres creen, unos recipientes vacíos y muertos. Te habrás fijado que todos tienen ocho lados y una punta en el centro.

 

-Sí, así es y me pregunto por qué.

 

-Querido hermano, cuando los nueve Caballeros Templarios se reunieron primero en Jerusalén y luego aquí, determinaron no morir y trascender a través de las formas y de las energías pues la energía puede adoptar diversas formas pero nunca desaparece del seno de Dios, así pues crearon una pirámide octogonal que sobre un punto fijo atrae conscientemente las energías del cosmos que ponen al hombre en actitud de recogimiento para percibir por sus centros espirituales.

 

-¿Cuántos son esos centros espirituales?

 

-Ahora siete, pero cuando el sistema solar se perfeccione serán doce.

 

-¿Quiere esto decir que un hombre que busque la verdad con sinceridad puede encontrar mejor dentro del templo templario que en otro lugar?

 

-Toda la Tierra es un templo de piedra y el Sol es el mejor Dios que cada mañana alumbra la vida, pero ciertamente dentro de nuestras casas las energías se hacen más intelectuales y precisas.

 

Continuó el Caballero hablando, a la vez que Jean penetraba en la seducción del conocimiento y de la palabra:

 

-El número nueve es el número del hombre realizado en la sabiduría. Es el número del ermitaño y por tanto aquellos nueve Caballeros reunidos en Jerusalén encarnaban el saber que viene del Padre y que se hace forma en la Tierra. Allende los planetas y el espacio hay ocho sabios que juntos todos forman una unidad que es el número nueve. El nueve a su vez es el contrario del seis que es el número imperfecto del mal y de su expresión. El nueve y el seis juntos forman el círculo o vida que es Dios.

 

-¿Quiere esto decir que Dios es circular?

 

-Toma cualquier objeto y rodéalo con la máxima perfección, ¿qué figura geométrica emplearías?

 

-El círculo, claro.

 

-Todos los Soles que tus ojos ven son hijos de Dios o Demiurgos Creadores, cada Sol es un Cristo y de él dependen los planetas y los seres vivos. Todos los Soles son redondos. La partícula más pequeña de la existencia que expresa a Dios también es redonda.

 

La cabeza de Jean galopaba de inquietudes. El Caballero comprendió que la turbación del neófito le imponía el silencio y le preguntó:

 

-¿Deseas ser armado Caballero del Temple?

 

-¿Puedo?

 

-Cada Caballero debe pasar las pruebas oportunas pero tu asignación ha venido de lo alto, por tanto nada podemos oponer sino cumplir con la voluntad del Señor. Mañana partiremos, junto con una escolta, a la Casa Principal para que seas recibido por el Consejo Alquímico y por el Gran Maestre, Jacques de Molay, que te estará esperando.

 

Jean asintió y dijo:

 

-Así sea. 

 

Salieron a continuación de aquella estancia y dejándola en total quietud partieron para las habitaciones del castillo. Algo vivo y permanente latía en aquella sala subterránea que a Jean, a pesar de ser la primera vez que la veía físicamente, le pareció conocida. Sintió en unas horas que había vivido años. Todo lo que el Caballero le había contado le pareció que formaba parte de su estructura mental y que había estado alojado desde tiempo ancestral. Hasta las almenas que tantas veces había admirado, formaban parte de sus sueños y pensamientos.

 

El canto de los gallos del Castillo de Arginy sonó como bella melodía en los oídos de Jean, que como rayo impetuoso saltó de la cama para tomar el primer alimento del día y partir para el corazón de Francia.

 

Una de las alas del edificio estaba destinada a habitaciones y otra a servicios, por lo cual tuvo la necesidad de pasar por el patio y así lo hizo con rapidez pues la mañana era fría y húmeda. Por un momento creyó ver al hermano Caballero del día anterior en las almenas, pero bien podría ser cualquier otro guardia. Pasó a la cocina y se sentó junto con los escuderos y labriegos que estaban al lado del fuego, a la vez que preguntaba por su maestro del día anterior:

 

-¿Dónde está el hermano Andrés?

 

-Seguramente en las almenas como todas las mañanas -respondió uno de los sirvientes.

 

-¿Qué hace allí solo con el frío que hace?

 

-No lo sabemos bien, pero parece hablar al aire y esperar la salida del Sol. Luego viene a la mesa a tomar la comida con todos los hermanos.

 

No había pasado más de un minuto cuando irrumpió en la sala y se dirigió sin dilación a Jean que comía en el extremo de la mesa principal. En voz baja y un poco apartado del grupo de escolta próximo a partir, le preguntó a su vez:

 

-¿Qué hacías en las almenas?

 

Andrés, después de un rato de meditación interior, le interpeló:

-¿Entendiste bien lo que te dije ayer sobre el Sol?

 

-Sí, lo he comprendido bien. No es otra cosa que el Padre que nos da vida y calor y que hace florecer los campos y la existencia entera.

 

-Entonces, ¿por qué no subiste tú a las almenas para darle gracias? Siempre somos deudores de su maravillosa presencia y por tanto todos los seres conscientes miran cada mañana al Este para renovar el pacto de amistad y de sumisión.

 

-Parece que fueras egipcio o pagano.

 

-Así es, querido hermano, así es.

 

Nuestra vida actual es el resultado de otras vidas anteriores.

 

El asombro del neófito no cabía en su estructura mental y optó por salir al patio para despejarse. Andrés le siguió de cerca y le dijo:

 

-Jean, ¿el Padre es justo o injusto?

 

-Evidentemente justo y perfecto puesto que es Dios.

 

-Mira al fondo del patio.

 

Así lo hizo y vio a un tullido que se arrastraba por el suelo y que daba síntomas de poca lucidez mental. Parecía que fuera congénito. Realmente eran muchos los seres que nacían así y nunca habían sido objeto de reparo para su conciencia motivada por el pan diario que se llevaba a la boca.

 

Andrés volvió a preguntarle:

-Si es justo, ¿por qué permite que ese sea imperfecto y tú no lo seas?, ¿qué pecado ha cometido él antes de nacer?

 

Iba a responder enseguida pero la pregunta tenía miga y la evidencia tan solo le sometía a la curiosidad.

 

-Querido Jean, en los primeros años de la Iglesia se debatió la reencarnación y los Obispos optaron por negarla a fin de someter al hombre a su voluntad, creando así mas que una religión una aventura por la que todo hombre nace con un "pecado original", que no sabe cuándo cometió, y terminar finalmente en el Infierno presa de sus debilidades.

 

Decían también: "Hasta el justo peca siete veces al día...", ¿cómo se puede entender una religión que lanza sobre el inocente nacido un pecado que jamás cometió? Dios es amor y misericordia y al igual que se va a la escuela en distintos grados para alcanzar el graduado final, así también se regresa cuantas veces requiera el ser para aprender a ser perfecto. Después de esta estancia pasará a otra más perfecta en la medida que sepa vencer al mal y al pecado.

 

Nueve son los ciclos que el hombre necesita para encontrar la sabiduría y nueve veces como mínimo habrá de revestirse de carne para volver a aprender la lección.

 

-¡Todo esto jamás se lo escuché a mi Señor, el Caballero Philippe!, ¿cómo es posible que haya tanta discrepancia entre vosotros y el resto de los Caballeros Templarios?

 

-Querido hermano, el carro no camina sólo por las ruedas sino por los caballos que tiran de él. Los caballos son a su vez dirigidos por el cochero que es quien establece el rumbo a donde desea llegar. El Temple tiene estos mismos niveles y cada pieza del carro es ensamblada con amor y disciplina a la obra final. Tú has sido llamado para dirigir el carro y no para ser rueda. Pronto llegará el día en que el mal creerá haber terminado con nosotros porque el carro se paró al borde del camino, pero no hará otra cosa que suprimir la herramienta del arriero. Pasará un tiempo y el arriero tendrá otro carro para surcar la viña del Señor.

 

-¡No entiendo nada, querido Andrés! ¡No entiendo nada!

 

-El viaje es largo y yo estoy para que vuelva a tu espíritu lo que siempre formó parte de tu sabiduría.

 

A lo largo de dos semanas se mantuvieron en constante diálogo y fueron muchas las preguntas y respuestas que emplearon para llevar a Jean al estado de conciencia y comprensión que requería para la entrevista con el Gran Maestre y los hermanos del Capítulo Superior de la Encomienda de la Orden en París.

 

Al entrar en el Palacio de la Encomienda Principal de la Orden Templaria, Jean se preguntaba cómo nueve personajes, doscientos años antes, habían podido llegar a establecer una Orden de Caballeros con tanto poder y que permanecía entre políticos y religiosos con independencia y con fuertes recursos humanos y materiales. ¿Qué hado guiaba a aquellos monjes soldados?

 

En la sala principal del palacio fue saludado por los que expresamente estaban aguardándole. El Caballero Andrés, que le había acompañado durante todo el viaje, tomó asiento a su derecha y en forma simétrica en torno a una mesa se sentaron a su vez el resto de los Caballeros.

En el centro se hallaba el Gran Maestre, Jacques de Molay, que ya anciano expresaba un cierto carisma y aristocracia seductoras.

 

Tomó éste la palabra para decirle:

-Querido hermano, es menester que para establecer contacto con el Capítulo Alquímico de la Orden seas previamente armado Caballero, por lo tanto te ruego te desnudes y te despojes de todos tus bienes. Al desnudarte vienes puro y limpio igual que cuando naciste, a realizar los votos de obediencia, castidad y pobreza que la Orden requiere. Nadie entre nosotros tiene más que el resto. El primero es siempre el que más debe servir y sus dones son espirituales.

 

Jean se desprendió de su ropa y sintió pudor por el hecho de que los Caballeros pudieran estar observándole, pero estos no reparaban en su desnudez sino que permanecían atentos a sus ojos.

ANÓNIMO

 

Continua...

 

 

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