EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA

 

A C T U A L I D A D

 

 

 

 

      

Despertando del Coma Profundo

Por  Celia Garcia

Sucedió a mediados de junio de 2002 en un pequeño pueblo de la Provincia de Buenos Aires .

Las inundaciones de la zona oeste habían hecho estragos en nuestras comunidades. Estábamos como en una isla. Rodeados de agua.

En ese entonces yo trabajaba en el municipio y se me ocurrió armar un trueque para apalear la difícil situación. La gente acudía allí y resolvía todo tipo de necesidades. Ese era el motivo de mis encuentros periódicos con La Rusa, quién sería luego la protagonista de tan insólita situación.

  Nos encontrábamos una tarde coordinando tareas cuando llegó una de las compañeras, eufórica, comentando que La Rusa –que trabajaba con nosotras-le había contado que la noche anterior la habían visitado dos personas que no eran de este mundo, que eran “casi” como nosotros y que ella después de verlos no recuerda que sucedió hasta tres horas después.

Sentí un cimbrón por dentro. Conocía a La Rusa desde hacía muchos años; éramos viejas vecinas y sonaba muy extraño que ella, tan ajena a estos temas, se saliera con una historia tan extraña. Tenía que verla lo antes posible para acosarla con mis preguntas.

 Al principio la noticia trascendió en el pueblo. Sin muchos detalles pero se supo. Hubo también algún comentario irónico de una mayoría descreída y burlona.

La Rusa, ofendida por los comentarios, echó de su casa a todos los curiosos y se mandó a silencio definitivo.

 

LO QUE SUCEDIÓ ESA NOCHE DE JUNIO DE 2002

  Eran aproximadamente las veintiuna horas. La Rusa venía de visitar a un matrimonio amigo del lugar. Atravesó el living y se dirigió a la cocina. Escuchó que su perra ladraba y se dirigió hacia el fondo de la casa. Pensó que el animal estaría atascado en algo. El ladrido salía de atrás de una chapa. Hizo el ademán de voltearla  hacia atrás cuando algo le hizo volverse. Se dio vuelta y allí, parados, mirándola, estaban ellos; un hombre y una mujer con ropa muy ceñida al cuerpo y un círculo de luces que giraban en el pecho.

-“Quedé seca en un instante”-me refirió textualmente La Rusa- “Ni tiempo de asustarme tuve, sentí  un chupón en la nuca, como un viento fuerte que me tiró hacia atrás y luego no recuerdo nada más”.

Por conocer bien a La Rusa, tenía la certeza de que lo que me estaba contando era absolutamente verdadero. Nunca tuve dudas porque ella es una de las personas más sobrias y concretas que he conocido en mi vida.

Para mí, La Rusa es lo que nosotros conocemos como “una baqueana”, una persona práctica y resuelta, que puede tanto colocar un piso como curarte el hígado, o curar un pájaro, o despostar una vaca. Siempre la vi muy sencilla , muy austera, cortante y segura de sí. Sabe todo lo que ocurre en el pueblo y tiene una mente despierta, además de ser una persona bondadosa y atenta.

Me interesé mucho en recopilar detalles de lo ocurrido, preguntándole una y otra vez, haciendo dibujos, tratando de encontrar alguna relación con episodios de luces en el cielo ocurridos en la zona, pero no llegué nunca a ninguna conclusión. La Rusa me había dado un golpe demoledor con sus relatos.

  Era evidente que los extraños visitantes estaban entre nosotros, pero no lejos, estaban ahí, a la cuadra, al metro. Estuve muy aturdida y emocionada. Algo me decía que mi  vida no volvería a ser la misma nunca más.

Esa noche, La Rusa volvió a tener conciencia de sí a las doce y media. Habían transcurrido tres horas. No recordaba nada. Para el qué pasó y dónde estuve no habría respuestas, pero sí habría otras cosas; un conjunto de pequeños detalles, querido lector, que poco a poco te iré refiriendo.

 

EL DIA MENOS PENSADO.

 Esta historia, podría ser una más de las miles de historias de abducidos, si no fuera por los hechos que ocurrieron pocos días después de que los visitantes se presentaran por primera vez. Con ese andar cansino que transportaba su pesada humanidad y una sonrisa de oreja a oreja, La Rusa se me apareció un día, radiante. Me enfocó con sus ojos pícaros y chispeantes y me dijo que “ellos” habían vuelto.

-¿Cómo que volvieron?- ¿¿y qué pasó??...-inquirí intrigadísima.

Contó que la flanqueaban y la miraban sin decirle nada y que ella tampoco pudo hablarles porque  se sentía rara, como sin voluntad propia.

A partir de ese día he compartido con La Rusa una historia de extraterrestres que duraría nueve meses. Nueve inquietantes y perturbadores meses, durante los cuales, los extraños visitantes vendrían, discreta y sigilosamente. Vinieron bastante seguido, a veces hasta dos y tres veces por semana. Otras veces menos. Al principio sin establecer con ella ninguna comunicación. La flanqueaban y la observaban. La Rusa me contó que les daba agua cada vez que venían y que ellos se la tomaban.

Yo me sentía como a la intemperie en medio de un temporal. Los parámetros sobre los cuales había construido toda mi vida no me servían en esta ocasión. De esto no sabía nada ni entendía nada. La Rusa me preguntaba siempre para qué la querrían y por qué la habrían elegido a ella. Nunca supe qué responderle. Sólo he atinado a decirle que quizá, con el paso del tiempo nos íbamos a dar cuenta solas.

Todo fue muy fuerte para mí . Ya no podía pensar más. No me servía de nada.

En una oportunidad, me hizo una descripción detallada de ambos. En primer lugar dijo que

 ellos siempre se presentaban juntos. Dijo que ella era morena y delgadísima, que tenía una altura mediana como de un metro setenta. El cutis se veía cetrino y tenía un cabello negro que le llegaba justo hasta los hombros. En la frente tenía una estrella de cuatro puntas y llevaba puestos cierto tipo de extraños anteojos. El es calvo y muy blanco, de una altura media que ella calculó que sería como de un metro ochenta aproximadamente. Dijo que tenía una  contextura  fuerte, con un bigote ralo cerca de las comisuras de la boca y una barba escasa sólo en la pera. Al igual que ella portaba el mismo tipo de anteojos. Algo como si fuera un pequeño micrófono daba vuelta desde la oreja y terminaba a la altura de la garganta.

El traje de ambos es muy ceñido al cuerpo y llevan unas botas bajas.

A la altura del esternón tienen una especie de “reloj” que gira emitiendo luces. Dijo que esa luz produce un cierto mareo que obliga a bajar un poco los ojos.

Con el paso de los días, en las visitas periódicas que le hacían-que eran de dos y tres veces por semana y otras veces menos-  para establecer un contacto mas cómodo  ellos apagaban la luz de ese “reloj” para estar con La Rusa.

 

LA CIUDAD DE CRISTAL

   Una noche viajó con ellos a una ciudad desconocida. A raíz  de este hecho he pensado en como nos cuesta, considerar siquiera la idea de que existan otros lugares habitados en la inmensidad del universo. Por ejemplo, gente muy cercana a mí  me ha referido abiertamente que la Rusa era una pobre mujer a la que le habían robado su vida, metiéndola en un mundo inconcebible al que ella no había pedido ir. Personalmente nunca tuve ese sentimiento; quizá por observar el rostro radiante de felicidad que tenía La Rusa cada vez que ellos venían.

Entiendo que este relato pueda sonar disparatado, pero estoy contando lo sucedido tal como fue y no me resulta muy fácil hacerlo, debo confesar.

He pasado situaciones duras en mi vida personal y no estoy muy segura de por qué me tocó vivir tan de cerca todo esto, pero así se dieron las cosas. Quizá para que me de cuenta de que suceden cosas increíbles todo el tiempo. Por algo inexplicable, La Rusa me eligió como su confidente y he tratado en todo momento de estar a la altura de la situación. En lo que a ella respecta, he sentido durante todos estos años que tiene un equilibrio impresionante, ya que no es fácil-creo yo- sostener y comprender tantas cosas de golpe.

   No quisiera quedarme con el empacho de no contar lo sucedido, así la historia no se perderá en la arena y seguramente a alguien podrá serle de gran utilidad. Una historia jamás preconcebida. Una historia impensable hace dos años atrás.

  Viajó en más de una oportunidad a un lugar hermoso, con altas montañas y picos transparentes. Contó que había como” fuegos artificiales.” También se veía un césped bien verde y casas en distintos desniveles. La gente caminaba por las calles como en cualquier ciudad y algunos le daban la bienvenida. Siempre viajó flanqueada por los dos y a las dos ó tres horas aparecía en su casa como unas horas antes había estado, sólo que volvía helada de frío.

  En pleno enero y con un calor de más de cuarenta grados, La Rusa disparaba de los ventiladores. Sentía el frío hasta en los huesos y trataba de disimularlo delante de la gente.

Esos días anduvo seria. Parecía enojada. Luego el frío desapareció y volvió a estar como siempre.

 

COMO UN CÍRCULO MÁGICO

  Era una tarde calurosa de noviembre de 2003. Serían aproximadamente las veintiuna horas. La Rusa vio otra vez el flash. No era la primera vez. En otras ocasiones había visto luces que se elevaban desde el suelo y se perdían en el horizonte. Todo eso ocurría a una gran velocidad. Pero algo fantástico le esperaba esa tarde. Un día me había dicho que cada vez que aparecía el haz de luz sentía como se algo o alguien le dijera:”- Mirá para arriba-”.

Miró, y fue tan deslumbrante lo que vio que se quedó sin palabras.

-“Vi como una rueda enorme o algo así. Debajo de ella y formando un círculo con los brazos extendidos estaban ellos. Parecía como si estuvieran tocándose la punta de las manos mientras formaban un redondel perfecto. Serían unos siete u ocho, no estoy segura”-

Dijo también que los círculos de luces que emanaban de sus pechos se veían más resplandecientes que nunca. Aclaró que esa luz siempre brillaba en sus pechos pero nunca la había visto brillar tan intensamente.

Un color entre rosado y anaranjado rodeaba la escena. Fue un espectáculo que ella describió como maravilloso y difícil de trasmitir con palabras. Me dijo también que el círculo que formaban los seres cósmicos se armaba y se desarmaba. Que pasaban a través de algo, como si hubiera una especie de puerta o algo así, luego descendían como si bajaran a la tierra y antes de llegar se elevaban nuevamente y armaban otra vez el círculo.

Así se mostraron durante un par de minutos.

-Como hacen algunos paracaidistas cuando se toman las manos en el aire…-atiné a decir-

-Sí, igual, pero mucho más hermoso, -asintió-

Miré el dibujo del círculo que había hecho la Rusa .Sentí que podía entrar en esa imagen y apropiármela como si lo estuviera viviendo yo también. Me embargó un sentimiento maravilloso de alegría y agradecimiento.

Súbitamente recordé la primera vez que él  le habló. Los visitantes habían pasado bastante tiempo observándola pero sin hablarle. La Rusa estaba muy intrigada. Todo era muy extraño pero que la miraran sin hablarle hacía todo más extraño aún. Un día, él le habló por primera vez y le dijo: -“Venimos a ayudar y pronto todos nos van a conocer”.

No sé por qué pero me quedé dando vueltas con esa frase y todas mis preguntas.

Pensé en ese magnífico acto de fuerza y belleza que ellos le habían ofrecido.

-“Viste, Rusa, vos siempre te preguntaste en qué vendrían. Ahora viste en qué vienen. Seguramente esa “rueda”, como vos la llamás era su nave. Para mí que te mostraron su nave, y también su poder”-le dije-

  Ella me miró y se sonrió sin contestar.

 

EL INFINITO EN NUESTRAS MANOS

   De todo lo que he recibido en mi vida, nada se podrá comparar con esta increíble experiencia. Una de las cosas más importantes que comprendí es que siempre he aprendido muchísimo de la gente que menos hubiera imaginado.

 Las visitas de ellos y  los viajes de La Rusa continúan en la actualidad. He querido preservar su nombre y otros detalles porque no vienen al caso y son también parte de su secreto. De todas formas, todos los que lean esta historia, podrán intuir si es o no genuina. Quiero decirles también a los estimados lectores, que he puesto en este breve relato todo mi afecto y mi esfuerzo para poder contar en apretada síntesis una historia bellísima e inconcebible que abrió mi corazón para siempre y lo llenó de luz y de misterio. Ojalá pueda rozarlos con mis palabras.

Celia García  indigo2002@hotmail.com

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